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La lista de bodas, por indicación familiar, la encargamos a Vidosa. A ella no le hizo gracia, era un sitio demasiado caro y exclusivo, pero era lo que había. Era digno verla desplegar en la mesa del comedor de mi casa, donde establecimos el cuartel general, la carpeta roja con el arlequín en la portada y llevar el seguimiento de todo al dedillo. Por sus manos desfilaban veloces listados, albaranes, notas, órdenes, contraórdenes, avisos, devoluciones, aclaraciones, aclaraciones de devoluciones, devoluciones de aclaraciones. Todo. Y en todos los colores. Todo en su lugar y perfectamente identificado. En un abrir y cerrar de ojos despachaba lo que fuera y a otra cosa. La lista de invitados, vamos con ello, las participaciones, antes de que se hablara de algo ya tenía claro quiénes iban a ir a la ceremonia y al convite, sólo a la ceremonia, sólo al convite, ni a la ceremonia ni al convite, el formato y el tipo de papel, el diseño de la letra, la distribución del texto... Las sesiones concluían con un expresivo mutis de mi madre hacia la cocina a preparar la cena y un leve cabeceo admirativo de mi padre, mientras volvía a sumergir la mirada en el proceloso mar de tinta que le brindaba el tabloide La Vanguardia Española, como ese mar que aguarda al buen pescador de caña que era, tras la última distracción, para informarle con su aspecto y disposición de las posiblidades de seguir esperanzado la pesquera o recoger los bártulos hasta mejor ocasión. A veces, yo ponía alguna pega. Por poner algo. Y surgía una discusión. Entonces el aire se tensaba y todo quedaba suspendido entre las miradas silenciosas de mis padres sin que ella pareciera darse cuenta o no le importara lo que sucedía a su alrededor. Entonces, mi madre subrayaba su mutis con un elocuente suspiro al que contestaba mi padre sin levantar la vista del periódico:


